Mientras la guardia de honor izaba a media asta la bandera de los Estados Unidos frente a la estación de policía de Park City el viernes por la mañana, el teniente Vaifoa Lealaitafea entonó el himno nacional. Fue el inicio de una ceremonia para honrar a las casi 3,000 personas que perdieron la vida en el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 en la ciudad de Nueva York.
Oficiales de la Policía de Park City, del Departamento de Bomberos de Park City, del Departamento de Bomberos de North Summit y del Alguacil del Condado de Summit, junto con funcionarios electos locales, compartieron emotivas historias sobre sus recuerdos y las pérdidas que sufrieron.
El concejal de Park City, Bill Ciraco, se encontraba trabajando en la avenida Madison en Manhattan la mañana del 11 de septiembre. A las 8:48 a.m., estaba al teléfono con un amigo que trabajaba en la torre norte del World Trade Center. Conocida como la Torre 1, fue la primera en ser impactada por los aviones.
“Su escritorio estaba en el piso 101, y yo estaba al teléfono con él cuando el avión chocó contra el edificio”, relató Ciraco.
Ciraco comentó que su primer pensamiento fue que se trataba de una pequeña avioneta turística fuera de control. Sin embargo, rápidamente quedó claro que era algo mucho más grave.
“Aparecieron imágenes en la televisión de la Torre 1 del World Trade Center con un enorme boquete en el costado del cual salía un humo negro y acre; fue en ese momento cuando supe que mi amigo no saldría de allí con vida”, expresó.
El aniversario resulta siempre sombrío para Ciraco, quien espera que las personas que perdieron la vida ese día jamás sean olvidadas.
El jefe de Policía de Park City, Wade Carpenter, compartió la historia de su amigo John “Rince” Rinciari. El socorrista ha sufrido durante años problemas de salud vinculados a los esfuerzos de la Unidad de Servicios de Emergencia de Yonkers para rescatar víctimas de entre los escombros de las torres ese día.
Carpenter contó que Rinciari presenció cómo miles de civiles cubiertos de polvo se alejaban de la Zona Cero y cientos de vehículos de la policía, bomberos y servicios médicos de emergencia permanecían vacíos.
“Mientras Rince y su equipo se acercaban al lugar en busca de supervivientes, le sobrecogió el inquietante sonido —semejante al canto de un grillo— que emanaba de los dispositivos PASS o alarmas de localización de los bomberos, los cuales se activan cuando la persona no se mueve durante 15 segundos”, relató Carpenter.
Rinciari y otros socorristas pasaron días buscando sobrevivientes, y posteriormente cuerpos, sin el equipo adecuado. Carpenter señaló que las mascarillas y respiradores de construcción llegaron finalmente al tercer día.
Debido a la exposición, Rinciari ha sufrido repetidamente enfermedades respiratorias, y no es el único. Nuevos datos federales muestran que al menos 6,000 personas han muerto a causa de enfermedades relacionadas con el 11 de septiembre en los años transcurridos desde entonces.
El residente de Park City, Scott Zink, también pasó días buscando personas tras los ataques. Agente del Departamento de Policía de Nueva York en aquel momento, Zink estaba a punto de irse a casa tras un turno de noche cuando la primera torre fue impactada.
“Mientras nos dirigíamos hacia Manhattan, el segundo avión pasó cerca de mí y lo vi estrellarse contra el World Trade Center”, recordó Zink. “En ese preciso instante, el mundo cambió. Sabías que no era un accidente”.
Zink afirmó que tuvo suerte de salir con vida. Inicialmente debía ingresar a la Torre Sur, pero se tomó la decisión de no enviar a más socorristas al interior.
Cuando la Torre Norte comenzó a inclinarse, se refugió en un estacionamiento subterráneo cercano. Y cuando la Torre Sur empezó a colapsar, se escondió debajo de una camioneta mientras caían a su alrededor trozos de concreto del tamaño de camiones de carga. Zink comentó que la jornada estuvo marcada por esa misma constante.
“Te levantabas, te sacudías el polvo y volvías a entrar porque estábamos bien y teníamos que salvar gente. Lo frustrante fue que realmente casi no pudimos hacerlo”, lamentó.
En las semanas y meses posteriores, Zink comenzó a hablar sobre su experiencia como parte de una terapia obligatoria, y no ha parado desde entonces.
Ahora, 25 años después, Zink afirma que hablar de lo sucedido le resulta terapéutico. Señala que el mejor consejo que ha recibido es simplemente continuar viviendo la vida.
“Tres mil personas fueron a trabajar por la mañana, esperando que fuera un día normal para regresar a casa. Ninguna de ellas esperaba que fuera su último día en la Tierra”, dijo. “Vive tu vida, recuerda a tu familia, abraza a los tuyos antes de salir, porque nunca sabes lo que deparará el día”.
Zink agregó que también es fundamental recordar lo ocurrido y honrar a quienes perdieron la vida. Si la historia se olvida, advirtió, se repite.
Su apoyo hace posibles historias locales como esta. Done aquí ahora.
Artículo traducido por María Camperos.